R.

Flotaba sobre una calma absoluta, como las que se visitan en sueños. El susurro de la olas le hablaba de épocas casi olvidadas, inconscientes juegos de infancia; yo juzgaría imposible no abstraerse de la realidad en semejante situación. Un pececillo se había detenido en torno a la mano que descansaba en el agua y se entretenía entre los dedos, mordisqueando la piel. Estaba rodeado de tranquilidad.

Un brillo intermitente le despertó de pronto de su ensueño y le obligó a abrir los ojos: a lo lejos, una figura imprecisa sobre un montículo le apuntaba con una placa metálica, reflejando los rayos del sol sobre su rostro. Había alcanzado tierra. Lo vimos enderezarse y sacar su cantimplora de la mochila raída que traía; la abrió y la volteó, alzándola sobre su cabeza, como para indicar su condición. No hacía mucho que la había vaciado, como tampoco hacía mucho que se había agotado su alimento. No llevaba mucho tiempo a la deriva. La historia y las causas de su naufragio resultaban irrelevantes, incluso para él; lo importante es que iba a la deriva, eso era todo.

Una de nuestras barcazas se acercó a su patera y la remolcó hasta la playa. Comió todo lo que había en el plato que le llevaron y no dirigió la palabra a nadie durante largo rato. Su barba, desaliñada y algo canosa, había acumulado las migas y restos de comida, y se sirvió de su camisa andrajosa como pañuelo. Tenía un aire distante y no se molestó en responder a las preguntas que le dirigieron. Tampoco hizo gesto alguno de gratitud por el rescate.

Eso sucedió hace ya algún tiempo. Aquel hombre desapareció unos tres meses después de llegar. Desde el momento en que pisó la arena de esta playa, creí observar una y otra vez algo en su mirada —o era, más bien, algo que faltaba— que parecía tornarle indiferente hacia cualquier suerte que corriese. Tal vez era inconsciente de ese rumbo, o quizás se había resignado a él. En cualquier caso, aquel hombre llevó la desgracia a la isla. Su presencia esparcía a su alrededor el hedor corrosivo de los cuerpos en descomposición. Es posible que se hubiera acostumbrado a ir a la deriva y se marease en suelo firme, y hasta parecen ser ciertas las historias que se cuentan según las cuales parecía sentir agobio ante la dicha de los demás. Puede ser por ello que se dedicase a cultivar la amargura a su alrededor. Quién sabe.

A menudo regresaba a la playa, que ya no guardaba el recuerdo de su huella, y se quedaba sentado allí, observando las olas que estallaban en espuma junto a él. Allí se quedaba, mirando fijamente el mar, durante horas. Era un ser verdaderamente impasible: una roca encallada en lo alto de un acantilado se hubiera mostrado más preocupada por su porvenir. Nadie llegó jamás a conocer su historia, y quizás por eso bulleron todo tipo de especulaciones; a nadie importaba si eran ciertas o no. Lo que molestaba era que la isla se veía poco a poco arrastrada a la deriva por él.

Observándole detenidamente, se diría que añoraba el oleaje. Debía de recordarle a algún rincón remoto en el tiempo o en el espacio, alejado de las incertidumbres y preocupaciones que habrían arrastrado su vida a lo largo de los años. Esta isla bien le podría haber valido si hubiera querido, pero estaba demasiado abstraído de la realidad para darse cuenta. Como rara vez mascullaba palabra, se instaló la idea de que estaba resentido con los isleños, y que algún malicioso impulso le inducía a esparcir su desgracia. Porque es indiscutible que trajo la desgracia.

Fue un proceso sutil, así que no se hizo realmente palpable hasta que sus efectos fueron ya irreversibles. Esta isla era entonces uno de los lugares más prósperos y tranquilos a este lado del océano, un refugio para quien huyera del aturdimiento de las grandes metrópolis, casi un privilegio de unos pocos. El turismo de masas nunca conoció estos parajes, y quienes llegaban lo hacían sea por destino, sea por azar, pero nunca por intención o voluntad propios; de ahí que todos le atribuyéramos un cierto carácter espiritual o terapéutico.

Sólo puedo explicar esto gracias a la implicación de la comunidad en el mantenimiento de la convivencia; así siempre habíamos evitado los rencores de los que emanan tantos conflictos. Pero su abulia logró romper el equilibrio, y después de algunas semanas de latente tensión, comenzamos a intuir la insólita presencia del infortunio por medio de miradas recelosas, riñas y peleas, robos o incendios provocados. Entonces, algunos vaticinamos el estallido cercano de una tormenta. Aquel veneno se había extendido por las arterias de la isla y ya había intoxicado sus órganos vitales.

A pesar de ser directamente culpable de la sucesión de incidentes, aquel hombre permanecía impasible. No escuchó los insultos que Tomás profirió contra él, y que provocaron una pelea cuando Luis intentó defenderle. No atendió a las amenazas según las que, si no se marchaba, le golpearían con una piedra en la cabeza y lanzarían la roca al mar. No se sorprendió cuando la misma persona que había amarrado y arrastrado su balsa hacia la playa, le negó la entrada a su casa. Él sólo parecía escuchar sus sonidos de olas: los restos de cualquier tiempo pasado. Como sea.

Hubo una ocasión, ya cuando todo el mundo se había vuelto contra él, en que se emborrachó. Fue con un licor de hierbas que destilamos en la isla. No le dejaban entrar en los bares y la mayoría de los vecinos eran renuentes a abrirle la puerta, así que debió de robar la botella de algún modo. Él dijo que se la había regalado uno de los pescadores, pero aquél lo desmintió y lo trató de calumniador. Fueron varios a por él, y le acorralaron al tiempo que le lanzaban imprecaciones.

Aquel hombre intentó abrirse paso a empujones. Era como una mosca atrapada en una telaraña. Recibió varios puñetazos hasta que acabó estampando la botella en la cabeza de alguien y salió corriendo de allí. El otro acabó en el suelo. La turba le persiguió hasta alcanzarlo de nuevo. Quienes se quedaron con el herido dieron la voz de alarma al ver que sangraba demasiado; y fue gracias a esto que el náufrago se libró aquella tarde, lo que también ayudó a calmar las cosas. Si la rabia contenida acababa provocando muertos, era mejor abandonar la isla. Yo mismo medié para que la tensión se fuera apaciguando.

Durante los días que siguieron, amenazaban la isla unos nubarrones que, sin embargo, nunca llegaban a descargar sobre ella. Había un viento raro. Normalmente, aquí sopla un viento del este-noreste, pero esos días soplaba un viento fuerte del sur. En cincuenta años, no recuerdo otro momento en que haya soplado del sur. Las tormentas aquí son intensas, y por precaución, los pescadores no salieron a faenar esa semana. El único que se mantenía impasible era aquel hombre. No reaccionaba ni ante la amenaza de tormenta: seguía bajando todos los días a la playa, junto a las olas que estallaban frente a él, empujadas por el embate de aquellas nubes negras.

Quién sabe; quizás por costumbre, quizás por vocación contemplativa, todos los días era inevitablemente atraído hacia el mar. Y en una ocasión, no regresó. Si había sido él quien se había dejado seducir, o si había sido el mar quien le había ido a buscar, ¿qué importancia puede tener? El último que le vio descender el camino hacia la playa confesó que ya estaba oscureciendo. A la mañana siguiente ya no estaba, y la arena de la playa, también indiferente a su presencia, tampoco había dejado rastro. Al último que le vio no le pareció importante que bajara a la playa al anochecer.

Era alguien a la deriva, y en ningún momento se mostró interesado por lo que le rodeaba o por cualquier cosa que pudiera devenir, así que era mejor dejarle en paz. Su ausencia tampoco importó a nadie, pero creo que pocos dudaron en culparle de haber traído la desgracia que arrastraría esta isla a la deriva. Porque, una vez más, es indudable que aquel hombre trajo la desgracia a la isla.

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