El gato

Pisadas huecas en un piso frío. Penumbra en un pasillo largo, interrumpida por una lámpara situada en la mitad de éste e iluminada a media luz. A ambos lados del pasillo, unos barrotes separan de la libertad a hombres y mujeres sin sombra, sin mirada y sin habla a quienes los guardianes llaman «las alimañas».

Pisadas huecas en un piso frío. Al doblar la esquina, el ojo inexperto se empieza a acostumbrar a la monotonía del paisaje, pero parece incapaz de modular la percepción de la luz. Penumbra interrumpida por una lámpara a media luz que cuelga del techo en mitad del segundo pasillo. A ambos lados, hombres y mujeres expectantes observan boquiabiertos, sedados, desde la oscuridad. Las pisadas se detienen, y el sonido de las llaves al ser descolgadas del cinturón del guardián detiene la trémula respiración del hombre en la celda frente a él. Silencio. La llave abre el candado. Silencio. Pisada. Grito. Golpe seco. Silencio. Pisadas huecas, acompañadas del sonido que recuerda al de un saco arrastrándose por el suelo.

Penumbra en un pasillo silencioso. Una mujer sin sombra, sin mirada y sin voz murmura, nerviosa, en la celda contigua. La mujer en la celda sucesiva le susurra que se calle. En la celda opuesta a la recientemente vaciada, un hombre clava sus ojos sin luz ni mirada en un cuaderno en el que escribe, repetidamente y con un lapicero raído, «El gato es la salida». No ha levantado la vista del papel durante las últimas siete páginas. Ya ha escrito varios cuadernos desde que está en ese lugar. Él quiere escapar de ahí desde que alguien le dijera que buscara un gato para encontrar la salida. Él sabe que si encuentra al gato, saldrá de allí, pero no sabe cómo encontrarlo o dónde buscarlo.

Pisadas huecas a lo lejos. La lámpara del segundo pasillo, que se puede ver desde la celda de Él, se balancea y las sombras de los barrotes se tambalean con su luz y forman una secuencia de imágenes en la superficie gris de cemento. Delirio. Él cree ver un gato paseándose por el pasillo. Pisadas huecas que se acercan por un pasillo frío. La lámpara se agita y se suelta del cable que la sujeta, cae al suelo y aniquila la sombra del gato tras los barrotes. Oscuridad continua en un pasillo largo. Se oye la respiración entrecortada, expectante, de las alimañas a ambos lados del pasillo, acompasadas por las pisadas huecas en el frío piso de cemento. Una mujer sin sombra murmura nerviosa y comienza a gritar. Delirio. Vuelve la luz. La lámpara nunca se soltó. No hay ningún guardián en el pasillo.

Él vuelve a su cuaderno. Comienza a escribir: «Guardián, gato, la luz se va, si viene el guardián aparece el gato, el gato debe de ser el compañero del guardián, no, el guardián es el gato, hay que lograr que venga el guardián, si a los demás se los llevaron por contestar, a mí me llevarán por lo mismo». Silencio. Pasa el tiempo. La bombilla de la lámpara titila. Pasa el tiempo.

Por fin, se oyen pisadas. El guardián dobla la esquina. Avanza hacia la celda de Él, pero no se detiene. Continúa su camino hacia el final del pasillo. Él se levanta. Titubea: «Oye… tú». Las pisadas se detienen, pero el guardián no se gira. «¡Eh, tú! Nosotros no somos las alimañas. Las alimañas… ¡sois vosotros!» Silencio. La lámpara se balancea y aparece el gato. El guardián se vuelve y se acerca imperturbable hacia su celda. Llavero. Cerradura. Chirrido. Él intenta mirar al guardián a los ojos, pero está demasiado oscuro. Un brazo le agarra y le arrastra con fuerza.

Martilleo. Martilleo del corazón. Chirridos. Silencio.

Unas zapatillas deportivas avanzan por un camino de baldosas. Las nubes cubren la mayor parte del cielo, pero hay suficiente claridad y, además, el sol se deja ver cada pocos minutos. A ambos lados del camino, pequeños hogares unifamiliares con jardín vallado alojan en su interior a hombres, mujeres y niños sin ilusiones, sin entusiasmo y sin voluntad, a quienes los administradores del recinto miran con indiferencia y los encargados de seguridad con desdén.

Unas zapatillas deportivas recorren, ligeras, el camino de baldosas. Después de varios minutos, el ojo poco acostumbrado empieza a acomodarse a la imagen de monotonía y rutina que predomina. Es un complejo residencial situado junto a la orilla de una laguna, y rodeado, a excepción de ésta, de desierto. En el centro de la urbanización se levanta un enorme edificio de hormigón que cada mes es repintado de un color diferente: durante el mes actual es verde. Al entrar en su interior, los residentes pueden elegir cómo pasar el día entre tres salones de juego, dos cines, cinco restaurantes y cinco bares, todos ellos de acceso libre y gratuito. Para los residentes más activos hay dispuestos cuatro pabellones deportivos, cada uno dedicado a una especialidad diferente, a sendos costados del centro comercial. Más allá, las viviendas, todas idénticas. Un círculo concéntrico perfecto.

En el interior de una de las viviendas situadas en la hilera más alejada del centro, una mujer revisa sus notas. Comparte la casa con un hombre y otra mujer, ambos completamente desconocidos para ella. El escritorio de su dormitorio está repleto de papeles y cuadernos. En la pared hay un reloj de agujas sin números y cuyas manecillas giran a velocidades irregulares e impredecibles. Tiene seis folios desplegados sobre la mesa, en los que se puede leer: «El gato es la salida». Ella quiere escapar de ahí desde que alguien le dijera que buscara un gato para encontrar un nuevo hogar. Aunque nada le impide salir de la urbanización, desde las dos ventanas traseras de su casa sólo se puede contemplar un paisaje desierto que se extiende hasta más allá de donde sus ojos pueden alcanzar, y desconoce si existe algo más. Ella quiere escapar de ahí, pero no sabe adónde ir.

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