Que no agonice la hoguera

La falta de combustible está sofocando las llamas, fíjese. Hace mes y medio esta hoguera era así de grande. Eso es: la base era tan extensa como el campo de fútbol que tenemos allá. No, puede estar seguro de que no le exagero, mire si no: ¡Virginia! ¡Virginia! ¡Ven y dile a este señor cómo de grande era la hoguera! ¿Lo ve? Así de grande era, ¿ahora me cree? Era un fuego colosal, un rascacielos amarillo y vivo como la cola de un lagarto que se veía desde todos los rincones de la región, ya fuera de noche o de día.

¡Y todos los que vinieron guiados por la luz, bendito negocio que nos dieron! Ojalá se hubieran quedado más tiempo… Traían sus coches llenos de libros, revistas, ropa y juguetes viejos, muebles… todo tipo de trastos para alimentar las llamas. Y luego se hacían la foto, compraban una camiseta o un llavero en el puesto de souvenirs, comían en el restaurante, bebían en los bares, y a veces se llevaban una o dos botellas del vino que aquí embotellamos. Se quedaban varios días. Casi todos dormían en ese hostal de ahí, aunque también los hubo que acamparon en las cercanías, en el escampado que hay junto a la carretera.

El restaurante del pueblo lo montamos entre mi marido y yo; aunque ahora, con la responsabilidad que conlleva la alcaldía, yo no puedo hacerme cargo y lo lleva sólo él. ¿Quiere que se lo presente? ¡Venga, no sea tímido! Se llama Gonzalo; y Virginia, la muchacha que acaba de conocer, es mi hija. Pero ha venido a hablar de la hoguera… Venga por aquí.

Tenga cuidado, no se vaya a tropezar con eso de ahí. Ya ve que está todo hecho un jaleo, ¡y ahora hasta me he acostumbrado! Gonzalo le puede contar a cuántos clientes ha atendido estas últimas semanas. Incluso hubo que pedir mesas y sillas a los vecinos para colocarlas en la terraza. Usted no me creería si le dijera que cuando abrimos, hace ya ocho años, sólo teníamos tres mesas, y aún así nunca llenábamos. Entre. ¿Quiere tomar algo?, que invita la casa. ¡Cariño, una botella de vino cuando puedas! Sentémonos aquí y le cuento.

¿Que cuál fue el pretexto para encender la hoguera? No le sabría decir bien. Déjeme pensar… es que al principio era por otra cosa, e incluso creo que a mí me pareció una mala idea. Que conste que, como alcaldesa, el deber municipal está siempre por encima de mis opiniones personales. Y ya ve, en cuanto llegaron los primeros turistas y animaron un poco la vida local… Usted no me negará que éste parece un pueblo humilde, y por supuesto que lo es: siempre hemos sido modestos y nunca habíamos tenido un golpe de popularidad como éste.

Mírenos, hacía décadas que nuestros rostros no brillaban con este vigor, y dudo que en ningún otro lugar haya usted sentido de espaldas este viento capaz de reavivar un pueblo entero. No fue para nada una mala idea el dejarnos llevar. El negocio local también ha crecido al calor de las miradas de turistas e inversores. Sí, eso es cierto: ha habido quien nos ha juzgado por ello, pero es que también hay mucha envidia. Ellos saben que harían lo mismo, pero como no pueden, nos insultan y desprecian, y así con todo. Pero qué le voy a contar a usted, que ya habrá visto de todo por ahí.

¿Sabe?, usted ha llegado algo tarde; si hubiera venido hace un mes, habría visto… El problema es que la afluencia de turistas fue sólo algo temporal, y las llamas pedían un compromiso algo más firme. A decir verdad, se volvieron insaciables: hubo un momento en que necesitaban engullir cada vez más sólo para no menguar. Y los turistas firmaron su lealtad en alguno de los cuadernos que arrojaron al fuego, y así no se puede… ¡Pero no anote eso! …quiero decir, si no es mucha molestia; o nos va a poner en un aprieto con los pocos que aún vienen.

Y dígame, a propósito de eso, ¿estamos ambos de acuerdo en cuáles son los términos de su visita? Perdóneme la indiscreción, pero hemos acogido a algunos periodistas que, a nuestras espaldas, han prestado sus columnas a los difamadores, y me sentiría mal por los vecinos si, por culpa de mi buena fe, alguien viniese a ahogar aún más las llamas.

Piense que está aquí por recomendación de mi hermano, que le tiene en muy buena estima. Puede confiar en que le compensaremos con todos los medios a nuestra disposición, pero deseo estar tranquila y asegurarme de que podemos tener confianza mutua.

¡Ah, no se alarme si me pongo así! Es que invertimos tanto en esta fogata, que no quiero ni imaginar que pueda perecer tal y como nació. Incluso después de todos los esfuerzos que hemos hecho para mantenerla encendida, algo hemos debido de hacer mal para perder la atención de todo el mundo tan fácilmente.

Muchos vecinos no saben hasta qué punto su porvenir depende de esta cola de lagarto que pierde fuelle momento a momento. Me siento patética cuando pienso que todo se puede desvanecer en una nube de humo en un abrir y cerrar de ojos si no estoy atenta. No sé si me está siguiendo: es vital que la hoguera se nutra desde los suelos e ilumine por encima de las nubes. Déjeme que le explique la situación.

¿Vio las grúas y excavadoras al venir? Eso es, ahora no nos creería, pero ya pensábamos en expandirnos. Hace algo menos de un mes llegó un hombre trajeado. Como puede ver, normalmente los visitantes que nos llegan son algo más ordinarios, pero él tenía un aire inusualmente elegante y hacía gala de unos buenos modales que parecían esconder una segunda intención; una buena intención, por supuesto. Comió en nuestro restaurante y dejó una buena propina. Gonzalo ya me dijo que por allí se había pasado alguien que le había llamado la atención y le había formulado algunas preguntas, cuando menos, excepcionales. Pero no fue hasta el día siguiente cuándo se presentó en el ayuntamiento. Pues bien, este hombre misterioso era un empresario; de la construcción, nada menos. Ignacio Rivera, no sé si ese nombre le dice algo. Sí, ése mismo. ¡Un golpe de popularidad, ya se lo he dicho!

Hablamos durante una hora larga. Ya le adelanto que no se quedó corto en adulaciones. Empezó por decirme lo adecuada que le parecía la ubicación de este municipio, la cercanía con otros lugares, y los buenos terrenos de que disponemos, y al rato ya me estaba mostrando su plan para edificar un centenar de viviendas y un pabellón multiusos en los terrenos aledaños a la fogata. Sí, sí, eso mismo pensé: es algo que hay que dejar reposar, y yo no quería precipitarme en exceso; así que, antes de tomar una decisión, convoqué a todos a una reunión. Una parrillada entre vecinos; algo distendido, con ambiente familiar, ya sabe. Les expuse todas las ventajas que nos reportaría esta expansión. Nuevas viviendas adosadas, con jardín y piscina individual. Nuevos clientes para sus comercios. Más dinero para las arcas municipales…

Fíjese en cómo está el panorama rural en este país; la mayor parte de los pueblos de la región están siendo consumidos por la decrepitud, y encontrar uno en expansión, en la boca de todos, es una gran excepción. Por pudor, no le puedo precisar la cifra del contrato que hicimos con el constructor, pero estas nuevas viviendas deberían ponernos definitivamente en el mapa y atraer a aún más inversores y turistas. Claro, eso si conseguimos recuperar el brillo en las miradas del público.

Cada día viene menos gente. Todos los días compro varios periódicos regionales, y nacionales también, y busco entre sus páginas alguna noticia donde hablen de la hoguera. Antes, no había día en que no hablasen de nosotros. «La lumbre que hace sombra a los montes», fue el titular de uno de mis artículos favoritos; lo publicaron hace mes y medio, y fue precisamente ese artículo donde acuñaron por primera vez el apelativo «cola de lagarto» para referirse a la reciedumbre de las llamas.

Hace tres semanas, el alcalde de otro pueblo escribió un artículo de opinión en el que alababa nuestro modelo y lo tomaba como un ejemplo a seguir, y al mismo tiempo se lamentaba de que en su municipio no hubiera cuajado una iniciativa similar. Pero últimamente, por más que busco, no encuentro nada.

Lo mismo sucede con la televisión: si está un poco al tanto, recordará que acaparamos durante semanas los debates de varios programas en horario de prime-time. Y en cuanto a internet, hubo un momento en que fuimos tendencia en varias redes sociales; incluso los que estaban en contra… de hecho, fueron los que nos criticaban los que nos hicieron el mayor favor en las redes, así que dejamos que siguieran a lo suyo, porque algún beneficio nos debía de repercutir toda esa envidia. Pero ahora tengo la sensación de que todas las miradas están distraídas en otros asuntos que poco tienen que ver con nosotros.

Puede que la gente sólo pueda pensar en lo que escucha de los medios, y no tenga tiempo para prestarle atención a otras cosas. En eso nos hemos centrado en las últimas fechas, pero, como le he dicho, todos los periodistas nos han rechazado o traicionado.

Mi hermano me ha hablado mucho de usted. Dice que ha logrado darle la vuelta a la tortilla en las situaciones más difíciles. Me ha contado que saca usted estos… trucos de su manga de prestidigitador y consigue enseguida que la gente coma de su mano y mire hacia donde señala su dedo. Que ha logrado que los más hostiles y los más indiferentes hacia un monumento de reciente construcción se abracen y se dirijan ambos al lugar de la nueva edificación para ensalzarla.

Completamente de acuerdo, ahí lleva usted razón: la clave está en saber controlar los tiempos, en saber qué decir en cada momento, ir paso a paso sin adelantarse ni rezagarse, sin perder el ritmo. Yo diría que nosotros cometimos ese error, y en algún momento no supimos cómo reaccionar cuando los turistas dejaron de venir y la llama comenzó a menguar.

Si le soy sincera, ahora estoy un poco desesperada. Tengo la sensación de que no vamos a poder resistir si la llama se apaga del todo. No crea que no hemos intentado volver a atraer la atención: hemos espoleado las redes sociales con vídeos, fotografías y testimonios realizados por los propios vecinos, pero eso sólo funcionó durante un par de días. Después, nos deshicimos de todo para amamantar las llamas por nuestra cuenta. Claro, si la gente ya no viene a arrojar sus trastos, tendremos que hacerlo nosotros; por ejemplo, la semana pasada eché mi colección de libros al fuego, e hice lo mismo con el libro de cuentas del ayuntamiento. Vi a algunos vecinos ofrecer a la llama viejos vestidos de boda, fotografías de cuando sus hijos eran bebés, maletas con a saber qué…

Todo aquello funcionó un tiempo, y yo misma vi a esa cola de lagarto azotar las nubes como antaño. Pero quienes nos habían dado la espalda no volvieron a girarse, y enseguida se volvió inútil seguir intentándolo. ¡Fuimos tan necios!

Ahora, mi intención es remendar todos esos errores que tan torpemente cometimos. Puede que, de una vez por todas, hagamos las cosas como se tienen que hacer; y logremos así que la luz se refleje incluso en los muros más opacos y la reacción más instintiva sea girarse a contemplar. ¿Qué me dice? Ya le he contado todo lo que necesita saber: ¿soplará de nuevo el viento a nuestro favor?

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